Los datos parecen alarmantes, a lo mejor hasta lo son, pero desde luego, a mí no me sorprenden. Me refiero al escandaloso incremento en la cifra de morosos en el último año (creo que sólo en Madrid): el 68%. Parece ser que estos datos están recogidos a partir de las demandas judiciales por impago de las cuotas del préstamo hipotecario, interpuestas por las entidades de crédito.
No sólo no soy un experto en economía, sino que no tengo ni idea, pero digo que no me sorprende por puro sentido común y un poco de sentido de la observación. Desde hace unos años y hasta hace muy poco, se concedían hipotecas con enorme facilidad. El momento era muy bueno, los tipos, bajos y las previsiones, optimistas. Ya está: los jóvenes (y no tanto) medianamente bien remunerados, se embarcan en la aventura (cosa encomiable, por otro lado), y aquí paz y después, gloria, que quedan 45 años para pagar. Y los bancos, a frotarse las manos (échese un vistazo, si hay ganas, al incremento anual de los beneficios de la banca, desde hace, por ejemplo, 10 años).
Como todo es cíclico, ahora toca pasar del sol a la sombra, y resulta que la casilla del recibo donde antes decía 750, ahora dice 1.100. Bien, de acuerdo, no estoy descubriendo nada. Pero tengo para mí que el problema no es este, o, al menos, no del todo.
El problema empieza de verdad cuando, amparados en la euforia económica del momento, que se nos antoja eterna, nos endeudamos no sólo por encima de nuestras posibilidades, sino -lo que es peor-, de nuestras necesidades. Parece que ahora todo se ha de hacer desde los dictados del frenesí y la compulsión, sin pensar más allá de lo que pide la inmediatez. Porque la velocidad que imprimimos a nuestro ritmo vital, convierte todo, absolutamente todo, en efímero. Todo menos el deseo permanente de colmar nuestras
necesidades. Hasta no hace mucho, y no hablo de épocas de carestía severa, que a Dios gracias, no he conocido, era más que frecuente el hecho de que la adquisición de
algo, comportaba la renuncia a
algo, por una sencilla razón de equilibrio o compensación. Eso se acabó. Estamos instalados en el
estado del bienestar, en la era del "todo al alcance de todos" y cuanto antes, mejor. Pero no siempre distinguimos bien entre la
posibilidad de obtener, y la
obligatoriedad de obtener, por el hecho de que algo esté al alcance. Se nos ha olvidado conjugar el verbo "renunciar" desde que hemos descubierto que la felicidad (infelices) se puede comprar a crédito. Además del piso, puedo tener un coche nuevo, irme con la parienta 15 días a un hotel en Cancún
todo incluído, comprar un televisor de plasma, el más grande, y renovar el PC que compré hace año y medio, porque se ha quedado obsoleto. Además, es muy fácil, sólo hay que llamar a una de esas compañías que te reunifican todos los pagos, te reducen la cuota a la mitad y te hacen creer que sigues siendo el rey del mambo.
¿Que se ha incrementado la morosidad en un 68%? Vale más no revisar los datos, no sea que haya que corregirlos.